Atacama, paisajes apenas habitados - Margarita González
 
 
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10/12

Camino sobre un desierto que tiñe mi cuerpo del color de los perros de Atacama. Me detengo frente a montañas de sal y arcilla crujiente, mientras escucho su lamento sobre el suelo rajado. Levanto la vista y aunque me encuentro rodeada de cerros y volcanes, siento la soledad y el desamparo. Reconozco en mi cuerpo la precariedad, siento que el desierto empieza a entrar en mí y yo en él. Veo a personas y animales mermados por la inmensidad. Arcilla, arena y sal conservan el tiempo bajo capas de olvido. Todo aquello que ocurrió antes de mi llegada a este lugar parece haber desaparecido. Estoy en el punto justo que separa el antes del después y ya no recuerdo ni el color de mis botas.