Egipto, la mirada en el tiempo - Margarita González
 
 
atras   adelante
 
 
7/15

La textura abrupta del Desierto del Sinaí absorbe las figuras del paisaje. Las piedras se calientan a lo largo del día y arrojan tanto calor que es imposible seguir adelante. Así, el paisaje se vuelve ardiente y deja de ser un espacio para el pensamiento. El desierto se convierte en un infierno para los seres vivos y entre las piedras solo queda alguna acacia que destila en su interior la savia de la última lluvia. El desierto deja de ser maná para el alma y es el enemigo de la supervivencia. Llega el momento de sumergirse en los pequeños placeres, el tiempo de cantar con los beduinos, de bailar despacio levantando los brazos, de dar palmas y beber té con menta.