Palencia, regreso a Ítaca
 
 
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Vacía la tierra, iluminada por el oro que quedó tras las espigas, absorbe el pensamiento del que mira el paso de la vida.

Vayas o vengas, nada les inmuta salvo que entremos en su pueblo y no nos conozcan. Apostados en el exterior de la curva, ajenos a la velocidad y al paso del tiempo no se imaginan el riesgo que corren. Su mente parece suspendida del día en que sus cuerpos surgieron de ese banco. En todo tiempo y estación, mientras otros llegan y se alejan, ellos tienen su mirada clavada en el infinito.