Metamorfosis del Zapillo almeriense - Margarita González
 
 
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Nunca se había imaginado construyendo un castillo de tiempo con paredes de arena. Tiene cada día la piel más oscura y su pelo parece más claro. Lleva la nuca rapada como un lord y los mechones le caen sobre la frente con premeditado descuido. Ahora, que los niños han vuelto al colegio y le han dejado libre el tobogán, ha colocado el equipaje bajo la estructura de hierro. Cada mañana, una toalla ondea en la torre del laberinto, cuyas barras utiliza como espalderas para la gimnasia diaria. El viento de poniente trae chubascos que desmochan el castillo y él lo rehace como quien le da la vuelta a un reloj de arena. Al fin, su piel ha tomado el color de la tierra quemada y sus ojos son las ventanas que muestran el mar interior.