Metamorfosis del Zapillo almeriense - Margarita González
 
 
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El barrio se vuelve doméstico y playero a la vez, extendiéndose en la lejanía como un enorme patio de vecinos. La vida contemplativa, la indolencia y la agradable holganza, impregnan este lugar tan de andar por casa. Aquí flotan en el aire los primeros balbuceos de los niños, y los muchachos se entretienen persiguiendo ratones. Aquí las vecinas se quitan el bañador en los bancos del paseo, para ponerse un sujetador de color carne y unas bragas de color sombra de pozo. Lentamente, se apaga el sol tras la luz de las farolas y como en tantos lugares del Mediterráneo, la brisa reconforta de todos los males. Llega la media noche y los críos siguen jugando en la calle, mientras ladran los perros y en los bares se jalean los partidos de fútbol.