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Viaje a China
Diseño, Rachel Babrusquinas y Rogelio Quintana Puig
Preimpresión y Fotomecánica, LUCAM
Impresión en offset tradicional, Artes Gráficas Brizzolis
Autoedición de 1.000 ejemplares
Publicado en el año 2000
Encuadernado en rústica
Tiene un tamaño de 21,5 x 15 cm.
Consta de 40 páginas
Contiene 21 fotografías en blanco y negro y 18 textos extraídos del cuaderno de viaje.
La caligrafía de la portada representa el título del libro, y está realizada por el maestro calígrafo Fang Yue, nacido en Beijing en 1925.
P.V.P. 15 euros

 

Artículo de Manuel Rodríguez en la página Web que dirige, septiembre de 2004

Cuando comienzo a ojear un libro de fotografía de viajes, que inicia la introducción con esta frase:
"Lejos, muy lejos de aquí, hay un país enorme con forma de gallo.
Lleva en el lomo el desierto del Gobi, cruza su pecho el río Yangtsé, luce en los tobillos la ciudad de Hong Kong y se adorna el cuello con la Gran Muralla", me atrae de tal manera que no puedo dejarlo hasta llegar a la contraportada y leer hasta el ISBN.

Me retrotrae a las sensaciones que me producían los libros de viajes que en la adolescencia me hablaban de lugares lejanos y misteriosos y que hacían que sin moverme de Madrid, pudiera viajar, por ejemplo, hasta el centro de la Tierra.

Quiero presentaros hoy, un pequeño gran libro debido a una fotógrafa española: Margarita González, que lleva por título "Viaje a China".
En el mismo, incluye una serie de fotografías del viaje que realizó a China en 1997, y a cada una de ellas, le añade un pequeño texto extraído del cuaderno de viaje, en el que nos transmite lo que la fotógrafa sintió en el momento de la toma.

Hay quien opina que una fotografía debe ser sólo eso, una fotografía y que si se apoya en un texto o título es porque el fotógrafo no fue capaz de expresar todo lo que quería con la imagen.

Estoy totalmente en contra de este planteamiento, cada creador debe plantearse su obra como quiera.
Lo que debe ser bueno es el resultado, utilice el medio que utilice para conseguirlo.

En este caso, el trabajo de Margarita, hace que el texto más la fotografía den lugar a un nuevo elemento: la unión de los dos.
Esta es su obra: el conjunto.

Y no tengo otro remedio que recomendaros que viajéis a China con el libro de Margarita González.

 

Egipto, la mirada en el tiempo
Diseño y cuidado de la edición, Mauricio d'Ors
Preimpresión y Fotomecánica, LUCAM
Impresión en offset tradicional, Artes Gráficas Brizzolis
Autoedición de 1.000 ejemplares
Publicado en el año 2005
Encuadernado en tapa dura
Tiene un tamaño de 21,5 x 21,5 cm.
Consta de 88 páginas
Contiene 52 fotografías en blanco y negro, 24 textos y 9 dibujos de pluma extraídos del cuaderno de viaje.
P.V.P. 20 euros

Prólogo para la publicación Egipto, La mirada en el tiempo.
Por Manuel Sonseca, fotógrafo, 2005.

He vuelto a la luz de África
Al olor de la piel rasgada del Nilo,
a las huellas de la historia en la arena finísima del desierto
y al calor que en Egipto determina la vida.
He reconocido la noche olvidada donde el tiempo a nadie pertenece.

El ventilador mueve el aire denso de calor y tabaco, va y viene sin pausa con un susurro que me devuelve al ahora, abandonando, poco a poco, esta agradable ensoñación.

Margarita González insiste en el concepto tiempo como eje de su discurso, de su imaginería, pero al descubrir su obra vemos como ese tiempo se nos revela teñido con una luz primigenia, porque aún los pétalos de loto se abren siempre al amanecer en medio del lago sagrado de Hemeópolis y liberan a Ra, que baña el desierto y a sus gentes, haciendo que Egipto brille incansable con su fulgor divino. Así, las fotografías que ahora podemos contemplar, son deudoras de la luz que el dios genera y de la mirada seducida de Margarita, que nos invita a recrearnos en la textura de cada escena, de cada paisaje, de esos rincones de adobe que nos devuelven a la inocencia. Evocación de un cosmos inicial, del todo literario que conforman palabra e imagen, este libro  nos va descubriendo a cada paso el país donde nació el tiempo. Y la luz. Luz y tiempo son los compañeros inseparables de la fotografía y del viaje entendido como un acto privado del fotógrafo, que elige la evasión para reconocerse. Porque todo viaje es un cambio; Proust decía: “Viajar no es cambiar de paisaje sino cambiar de mirada”. Viajar en busca del propio destino, recorrer los espacios, cambiar la mirada… Crecer y transformarnos. Ser lo que potencialmente somos.

Todo viaje es un encuentro, si partimos con actitud de hallazgo, con la atención latente dispuesta a recoger con celo la imagen que el camino nos devuelve. El guiño de una estrella, el diálogo entregado al borde de la noche. La meditación activa desde la distancia. Todo viaje es una entelequia, porque en sí mismo está su propia razón de ser, y es el ente que nos mueve, nos trasciende y engarza los mundos que nos habitan.

Esta Mirada en el tiempo, contiene la vida que fluye en uno de esos mundos donde la luz y el tiempo se funden para mostrarse a los ojos de los dioses creadores y enseñarnos, con madurez expresiva, el cambio, los encuentros y la razón de ser de su autor

Cabo de Gata, más allá de la realidad
Diseño y cuidado de la edición, Mauricio d'Ors
Preimpresión y Fotomecánica, LUCAM
Impresión en offset tradicional, Artes Gráficas Brizzolis
Autoedición 1.200 ejemplares
Patrocinado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
Publicado en el año 2007
Encuadernado en tapa dura
Tiene un tamaño de 21,5 x 21,5 cm.
Consta de 88 páginas
Contiene 44 fotografías en blanco y negro, más 30 poemas extraídos del cuaderno de viaje.
P.V.P. 20 euros

Texto que presenta la publicación Cabo de Gata, más allá de la realidad.
Por Pablo Juliá, director del Centro Andaluz de la Fotografía, 2007.

Había visto fotos de Marga. Son extrañas y cercanas. Dan vértigo. No permiten la autocomplacencia. Van mucho más lejos. Inciden en la inquietud y en el sueño, en lo evocativo y onírico de un paisaje con figuras. La serenidad del tránsito, la muerte y la vida que nace agazapada pero marca la esperanza de existir, el ruido del silencio. Son las contradicciones que palpitan en una mirada que trasciende lo real, creando una poética propia que permite ver figuras que aparecen aisladas para poder ser mostradas: una estela de avión en un cielo plúmbeo, una ventana iluminada en un desconcierto de puesta de sol que inquieta y atrae porque fuerza a desarrollar la imaginación, a convertir lo etéreo en la esencia de una manera de entender el paisaje muy personal, casi íntima, abierta a todos y a nadie.

Margarita no tiene ninguna pretensión de ser críptica, es más: quiere que la sencillez de su mirada se deje acariciar en una fuga galopante que atrapa y fuerza a sentir lo imposible, a entender una mano perdida -fuera de cuadro- en unas dunas o la sombra de un tronco de palmera cruzando la diagonal de un suelo asfaltado: crea lenguaje sin aspavientos, dejándose llevar por una suave ola que acompasa el ritmo de la penetrante mirada que ilumina su mundo. Y escribe sobre el contexto descontextualizado, creando la poética de su particular manera de entender el viaje y el paisaje. Sus textos de viajes no imponen una continuidad a las fotos sino que aportan otra lectura, una liberación formal que acompaña y complementa de manera primaria sus escritos.

Había visto fotos de Marga. Y como responsable del Centro Andaluz de Fotografía decidí que estas fotos las deberían ver otras muchas personas, y eso nos ha dado la excusa para comprender que no hay una versión única de lo que entendemos por paisaje y que ésta es una problemática que nos preocupa y que realmente queremos abordar a través de muchas miradas distintas, nacidas a veces desde la perplejidad, como estas fotos que evocan una inteligente pincelada manchada de luz.

No pretendemos mostrar diferentes maneras de contar el paisaje, aisladas e ininteligibles. Justo lo contrario. Queremos que estas fotos se interrelacionen, que se puedan ver en un debate, que nos abran distintas ubicuidades no coincidentes y nos ayuden a entender que no vale cerrar el diafragma de nuestros ojos a esas otras miradas que -a fuerza de no ser coincidentes- nos enseñan a comprender mejor el mundo que tenemos y compartimos pero que poco a poco va dejando de ser nuestro.



“Formas breves almerienses” Prólogo de la publicación Cabo de Gata, más allá de la realidad.
Por Juan Manuel Bonet, escritor y crítico de arte y literatura. 2007.

Tierras últimas almerienses, por Cabo de Gata, tierras dichas con su cámara -pero también con la palabra- por Margarita González, un nombre ya importante de nuestra nueva fotografía, un nombre palentino -por siempre canejiana Tierra de Campos: otro paisaje último-, un nombre y una obra que le debo a nuestro común amigo Mauricio d'Ors, que en 2005 le dio forma al segundo libro de la fotógrafa, centrado en sus visiones de Egipto, y que se la va a dar a este. Lo primero que hay que decir es que aunque evidentemente existen precedentes -pensemos por ejemplo en Brassaï, que ha escrito, y muy bien, sobre sus amigos Picasso y Henry Miller- no es frecuente que un artista de la cámara, lo sea también de la palabra. Ni que las palabras sean tan escuetas, tan precisas, en definitiva tan esenciales, tan en sintonía con las imágenes, como lo son aquí, en Cabo de Gata: Más allá de la realidad.

Cabo de Gata: Más allá de la realidad: desde el título mismo del ciclo de fotografías y poemas reunidos en el presente volumen, Margarita González, formada en San Fernando, que inicialmente se dedicó a la pintura y al grabado, y cuya primera individual fotográfica tuvo lugar en 1999, precisamente en el Auditorio de Almería, declara su intención de trascender el realismo, lo real, los datos inmediatos.

Campos de Níjar, dichos en su día, con la palabra, por Juan Goytisolo, guía absoluto por estos caminos, en una época en la cual apenas nadie con mirada moderna los había frecuentado, excepto Jesús de Perceval, pintor-fotógrafo, y su amigo de AFAL Carlos Pérez Siquier, dos ilustres pioneros nativos, el segundo de los cuales, felizmente todavía en activo, recientemente ha visto confrontada su obra, en clave La Chanca, con la del narrador barcelonés, asimismo con Mauricio d'Ors como artífice del libro resultante. Más tarde, vendrían el Bernard Plossu de Los años de Almería, José Ángel Valente, la fotógrafa suiza Jeanne Chevalier, y por supuesto también algunos de los nuevos pintores almerienses, que este mismo año acaban de coincidir en la colectiva así titulada, Campos de Níjar, una colectiva en la que participa Ginés Cervantes, en compañía del cual anduve en una ocasión por esos parajes, hacia San José, hacia la Isleta del Moro, hacia Cabo de Gata, hacia ese Campo Hermoso paradójicamente en ruinas...

Carboneras, en los años sesenta todavía simbolizaba la pureza más extrema, una pureza como arcaica, que fascinó a forasteros como André Bloc, Hans Hartung o Jesús Rafael Soto. Pueblo entonces sólo de pescadores, hoy está lamentablemente desfigurado por una cementera. En Carboneras, Margarita González obvia -como no podía ser de otro modo dada la poética que es la suya- ese progreso y esa destrucción, y va a fijarse en "la quietud sumergida", en cómo sobrevive la escasa vegetación, en el cielo con leves nubes, en una precaria construcción con instalación hidráulica a la vista...

Siempre me gustó esa iglesia metafísica, chiriquiana, en la carretera, entre Almería y Cabo de Gata, en un lugar que ahora me entero se llama Las Salinas: su alta torre asimétrica con ventanucos redondos, su campana, su porche encalado. Qué felicidad reencontrar ahora esa iglesia, en estas páginas, tal como la ha fijado por siempre la cámara de Margarita González.

Me acabo de referir al porche encalado de una iglesia, próxima al mar y a las salinas. Presencia casi obsesiva de la cal, en las sobrias visiones en blanco y negro aquí reunidas. ¿Qué fotógrafo que se haya enfrentado a la provincia de Almería, la más extrema de "la España del Sur" que estudió inmejorablemente Jean Sermet, no ha dicho la cal? Pasa lo mismo con el blanco de la cal, en Almería, que con el asimismo enormemente fotogénico ocre del adobe, en Nuevo México. En su momento, confrontado a una fotografía de la serie tomada en Almería, en la Chanca, por el citado Perceval, una fotografía inédita y sin título como prácticamente me encontré todas las suyas, tuve clarísimo que debía titularse Río de cal.

Las deslumbrantes paredes de cal, y sobre ellas, como en una "contrerime" del bearnés Paul-Jean Toulet, las sombras más leves: las de las ramas de las palmeras, por ejemplo -las palmeras, y en general los árboles son un bien muy preciado en la muy solar provincia de Almería-, o las de las aerodinámicas farolas. Muy Toulet, también, esto, de la Margarita González artista de la palabra: "el frágil momento suspendido". (Palmeras, ya, desde la mismísima contraportada, las había en Egipto: La mirada en el tiempo, el antes aludido segundo libro de la fotógrafa, en el que también metió fragmentos de su diario de viajera. Más palabras ajenas: el prólogo era de su colega Manuel Sonseca, otro amigo común, otro amigo de ver pasar sobre las paredes -romanas, por ejemplo- la sombra de las palmeras. Más, intercalados en el diario, algunos frágiles dibujos a línea: como un recuerdo de los años de la pintura).

Un muro de cal, tal vez de una capilla o de un cementerio marino, y recortándose en lo alto sobre el cielo, la silueta de una cruz. La imagen me trae a la memoria algunas de los grandes fotógrafos mexicanos, o de los no-mexicanos fascinados por un país en el que también pienso, cuando me fijo en las dos instantáneas en que Margarita González ha expresado su fascinación ante el desolado Llano de Doña Francisca, un topónimo que parece salido de las páginas de Juan Rulfo. "Estremece el silencio / resuena como arma blanca / en el Llano de Doña Francisca".

Las casas de cal, tan geométricas, sus azoteas -la fotógrafa nos habla de una "poblada de nubes"- donde dormir contemplando las estrellas, y también recortándose sobre el cielo las escuetas siluetas metálicas de las antenas de televisión, tan prosaicas, transmitiéndonos el mensaje de que todo está interconectado, de que no existen ya mundos al margen. "Los signos del tiempo actual -escribía en su diario egipcio- se concentran en las antenas redondas que pueblan el mundo y en los cables de Internet".

Las estelas que dejan los reactores. En sus desérticos confines almerienses, Margarita González se ha fijado en ellas, en su escritura allá en lo alto, sobre la página azul del cielo, en esa escritura inmaterial y que se desvanece enseguida, no sin antes sugerirnos lo mismo que las antenas de televisión: que todo está interconectado, que existen rutas internacionales e intercontinentales, autopistas del aire como las llaman en el argot de la navegación aérea. Allá en su Bolonia, en lo mismo se fijó en su día Giorgio Morandi, el eremita de la pintura, y ciertamente qué sorpresa el día en que, contemplado atentamente uno de sus cuadros de temática urbana, caí en la cuenta de que en el cielo quedaba la huella de un avión a reacción. "Lejos se escucha un motor / que rompe la espesura somnolienta", leemos en un lugar de este libro de siestas, de silencios interrumpidos.

Libro de siestas, decía, y me acuerdo del maravilloso título de uno del Eugenio d'Ors de la primera madurez: Oceanografía del tedio. Siesta, hora inmóvil, pero cruzan el escenario una serie de figuras solitarias: aquí un ciclista, allá un gato negro, más allá un perro asimismo de pelaje oscuro, y en otra instantánea unas cabras, por el contrario, de un blanco que casi se confunde con el de cal.

"Giran las aves" en el cielo, en la página en blanco.

Y el mar siempre recomenzado, que dijo el poeta del Cimetière marin y del justo mediodía. Presentido, anhelado a lo largo de las primeras páginas, el Mediterráneo termina siendo protagonista absoluto de las últimas, pobladas de olas, de rocas, de algas, de espuma...

La escritura de los aviones, de las leves nubes, de las aves altas, de las sombras de las palmeras, de los cables de la luz, de las cuerdas de tender la ropa, de las cruces, de las antenas de televisión, de una barandilla racionalista, de unas letras de metal en las que leemos el fragmento final de una inscripción: "de Paco". Tan humildes geometrías ha sabido captarlas la mirada de poeta de Margarita González sobre el fondo metafísico de una provincia desértica y con viento, marinera y luminosa, una Almería esencial que tiene ya algo de Egipto, o de Palestina, o del México de Juan Rulfo, o de Nuevo México, una Almería que pudo tener a su Giorgio de Chirico en el Federico Castellón de 1934, tan amigo de la arquitectura popular, de las montañas al fondo, del mar y su geología fantástica, y a propósito de geología fantástica, qué hermosas, aquí, las imágenes, por momentos casi tan dalinianas como las que pintaba Federico Castellón, que ha tomado la fotógrafa en la Playa del Arco y en la de los Muertos, en la Cala de En Medio y en la del Plomo, en Los Escullos, y qué hermosa esta letanía de los nombres de las anchas playas almerienses, y también de las recoletas calas...

"Por la senda del silencio", Margarita González, amiga, tanto en fotografía, como en poesía, de las formas breves y de los paisajes del alma, y amiga también de un Oriente esencial, como lo demostró en su hermoso libro chino de 2000, en el que tan presente está también ese agua que reina en las últimas páginas de Cabo de Gata: Más allá de la realidad.

Formas breves almerienses: una provincia extrema, esencial, sí, dicha con lenguaje de poeta, con la cámara, y con el verso.